Impresiones

Pablo Ramos

Africo

Hoy me tocó llevar adelante la segunda unidad de rodaje. Filmando desde un dron el arrogante recorrido de una Maserati nos topamos en una ruta de la costa calabresa con este barquito que parece estar paseando.
Pero no: está lleno de inmigrantes “ilegales” que han llegado muy cerca de una localidad que se llama, por una coincidencia de dolorosa ironía, Africo.
La Guardia Costiera los escoltará a la playa adonde los esperan tres carpas con médicos y enfermeros. Y luego será el turno de las instituciones que decidirán su futuro: muy posiblemente la deportación al lugar del que intentaban vanamente escapar.
La última vez que pasamos por la bahia ya no hay nadie. Ni los inmigrantes, ni las autoridades, ni los curiosos. Solo tres carpas vacías como testigos inútiles de una tragedia lenta: atravesar el mar en condiciones bestiales para cambiar por unos días no ya de lugar, sino una miserable letra de un toponímico que, en el fondo, no significa nada.
Solemos olvidar que los nombres y los países son imaginarios y que en cambio el planeta existe, es uno sólo, y nos pertenece a todos. Y a ninguno.

Mimmo y el espejo

Domenico alias “Mimmo” construyó su casa sobre el mar mirando a la gran isla de Sicilia hace cuarenta y tres años.
Se recibió de Químico pero nunca trabajó de eso. Abrió un negocio de náutica que cerró en 1982 para mudarse a Varsovia. Luego se convirtió en anticuario y fue guardando los objetos que más le gustaban.
“Mi mundo es el mar. En Varsovia solo hay ríos y lagos. Extraño mucho este horizonte, por eso vuelvo siempre”.
Una mañana de hace 20 años despertó y subió a su terraza. Aunque era verano parecía cubierta de nieve. El Etna había entrado en erupción y la lluvia de ceniza lo había cubierto todo. El mar azul y la ceniza blanca repetían el cielo y por un momento sintió que había ingresado en la infinita dimensión de un espejo.

El pueblo fantasma

Me cuentan que los viejos habitantes de Ferruzzano, un pueblo al pie del Aspromonte calabrés, sufrieron a lo largo de la historia las inclemencias del tiempo y de la tierra.
Asolados por temblores y terremotos, arrasados por aludes, los pobladores aceptaron, a cambio de dinero y la construcción de nuevos hogares, mudarse cerca del mar. Y un día de hace más de treinta años abandonaron sus antiguas casas de piedra y lo que había adentro: muebles, enseres, incluso fotos, ropa y pertenencias que aún se encuentran mustias y olvidadas sobre mesas, dentro de cajones desarmados, en alacenas ocultas bajo techos derruidos, en destartaladas cómodas que asoman a pozos abiertos en el suelo, en repisas apenas colgadas de fúngicas paredes y de muros que atestiguan que la naturaleza, si la dejan, avanza sobre todo.
En un oxidado espejo sobrevive, fantasmal, la figura grabada de una dama que se ha quedado para cuidar lo poco que queda, y la memoria muda de lo mucho que debe haber pasado.

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La fiumara

Roghudi es un pueblo fundado en el siglo XI en medio del Aspromonte, el corazón montañoso de Calabria.
Abandonado en 1973 a causa de dos grandes inundaciones, en Roghudi se hablaba el dialecto grecocalabrés, una lengua originada en los tiempos en que era una colonia de la Magna Grecia.
Entre las escarpadas casas en ruinas solo crecen vides de un verde fluorescente. Y lo único que se oye apenas son los balidos de las cabras y las aguas del Amendolea: una fiumara, un rio estacional que sume al olvidado pueblo casi todo el año en el silencio.