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Dos o tres cosas que sé sobre ella

El primer relato de la serie Chicas del cine

A nadie le importa Marshaltown, Iowa. A mi si. Ahí nació, un día de 1938, Jean Seberg. De chica amaba a Marlon Brando. Consiguió su dirección y le escribió una carta para invitarlo a su casa, a pasar unos días con su familia. Como era de esperar, Brando no se presentó. 

Pero Jean no era de esas que se desaniman ante la primera decepción. Cambió su destino de chica de pueblo por un lugar en la historia del cine cuando Otto Preminger la eligió, entre 18.000 aspirantes, para ser Juana de Arco. Tenía 17 años.

 
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Santa Juana fue un gran fracaso comercial. Y Bonjour Tristesse, su segundo trabajo, no tuvo mejor suerte. Jean pensó que su carrera estaba terminada. Una mañana sonó el teléfono de su departamento en Paris. Un crítico con intenciones de convertirse en director la invitaba a participar de un proyecto sin guión y sin presupuesto. Ella aceptó. El director era Jean Luc Godard y la película era Sin Aliento, el film que marcó, con Los 400 Golpes y el Bello Sergio, el nacimiento de la Nouvelle Vague.

De un día para el otro, todos querían filmar con ella. Robert Rossen, Claude Chabrol, Francois Trauffaut. Incluso en Holywood se acordaron de que era americana. Filmó con Clint

Eastwood, Peter Sellers, Warren Beatty y se dió el lujo de rechazar el papel de Elaine Robinson en El Graduado. Pero su vida quedó marcada por sucesos que poco tuvieron que ver con sus películas. Los amores extramatrimoniales, la simpatía con las panteras negras, el activismo en contra de la guerra, las adicciones, la persecución del FBI y, en el medio de todo, la temprana muerte de su hija Nina.

De ese dolor no se pudo reponer. Viajó a Marshaltown para darle sepultura y nunca volvió a filmar en Estados Unidos. Intentó, como pudo, seguir adelante. Escribió, dirigió y editó un cortometraje, Balada para Billy The Kid, actuó en 10 películas, se volvió a casar,  pero nada de eso pudo alejarla de si misma.

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Era una chica encantadora, tenía esa forma de llevar el pelo que la volvió un ícono, esos ojos entre grises y azules que parecían afirmar que la felicidad es imposible, y un carácter tempestuoso que no lograba ocultar su fragilidad y timidez. Hay quienes dicen que no era una gran actriz, como si una estrella necesitara serlo.

Con solo 40 años, la encontraron envuelta en un poncho en el asiento trasero de un auto en el barrio de Passy, en Paris. Sobredosis de barbitúricos, se dijo. Otro suceso más. Sin embargo, no hay historia personal que pueda devorar el hechizo que despierta su presencia en una película o en una foto espiada por equivocación en un buscador. Las estrellas tienen ese poder.

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